Elegir cuando duele
La libertad no es gratis: el peso real de nuestras decisiones Elegir parece una cosa pequeña. Hasta que un día descubres que casi todo lo importante salió de ahí. El libre albedrío no es cómodo. Es una confianza arriesgada que siempre deja huella. Elegir suena fácil cuando se dice deprisa. Elegí esto. Elegí aquello. Pero basta detenerse un poco para darse cuenta de que elegir nunca es inocente. Cada decisión compromete algo. Siempre deja rastro. Dios nos dio el libre albedrío sin manual de instrucciones. No como un premio ni como una garantía de que todo saldría bien, sino como una confianza real. Confió en nosotros sabiendo que no siempre acertaríamos. Aun así, confió. El libre albedrío no asegura la felicidad. Lo que asegura es la responsabilidad. Y quizá por eso incomoda tanto. Porque elegir de verdad implica aceptar que lo que venga después no se puede atribuir solo a las circunstancias, al carácter o a la mala...