El lunes ya está previsto
El lunes, visto desde el viernes, es como ese invitado que todavía no ha llegado pero ya te está tocando el timbre en la cabeza, y tú estás con el mando de la tele en una mano y la paz mental en la otra intentando que no se te caiga ninguna.
Hay quien, en cuanto asoma el viernes, se comporta como si el lunes fuese a presentarse en casa con un megáfono y una trompeta, dispuesto a arruinarlo todo por deporte. Y por eso vive el fin de semana como una carrera contrarreloj que termina el domingo por la noche con cara de “ya se acabó lo bueno”. El problema es que, cuando convertimos el descanso en un sprint, ni descansamos ni disfrutamos, y el lunes encima llega y se encuentra a alguien ya cansado de haberse “divertido”.
El fin de semana no necesita fuegos artificiales para ser bueno. Muchas veces lo mejor del sábado o del domingo no se mide en planes ni en fotos, sino en cosas pequeñas que te devuelven a tu sitio: caminar sin prisa, comer algo rico sin reloj, ordenar un poco sin obsesionarte, leer dos páginas y descubrir que todavía sabes concentrarte más de treinta segundos seguidos. Ese es el disfrute sereno y, precisamente por eso, dura más.
El lunes tiene fama de villano oficial, pero muchas veces es solo un día con mala prensa y un talento especial para aparecer cuando uno está más blandito. Si el viernes lo miras de frente y le dices “te he visto”, el lunes pierde parte del truco, porque deja de ser ese monstruo imaginario y se queda en lo que es: un día más, al que no le debemos ni pleitesía ni pánico.
Con esto claro, el consejo es sencillo: no conviertas el fin de semana en una carrera contra el tiempo ni en una huida desesperada del lunes. El descanso no es un trámite entre obligaciones ni un paréntesis para recuperar lo perdido, porque si lo vives así ya lo estás viviendo desde la pérdida. El fin de semana se disfruta cuando lo tratas como un espacio amable donde caben cosas normales sin necesidad de exagerar nada.
A veces el lunes no amarga el fin de semana: somos nosotros los que lo invitamos a entrar antes de tiempo, lo sentamos en el sofá y hasta le damos el mando. Nos pasamos el sábado pensando en lo que falta, el domingo calculando lo que viene, y cuando el lunes llega solo tiene que recoger lo que ya le habíamos preparado.
Si tuviera que resumirlo en una idea, sería esta: el lunes está previsto, pero no es el dueño del fin de semana. Es más, cuando uno se lo toma con un poco de ironía, el lunes baja el volumen, porque la ironía es una manera elegante de no dejarte gobernar por lo que todavía no ha pasado. Y ojo, no hablo de reírse de la vida ni de hacerse el fuerte, hablo de esa sonrisa pequeña que aparece cuando te das cuenta de que llevas media hora preocupándote por algo que ni siquiera ha empezado.
Así que disfruta del fin de semana sin prisas y sin necesidad de justificarlo. Si sales, porque te apetece. Si te quedas, porque te viene bien. Si haces algo especial, perfecto; si no, también. Lo importante es que, cuando llegue el lunes, no pueda decirte “vengo a arrasar”, porque tú ya le habrás dejado claro desde el viernes que aquí se vive, se descansa y, cuando toca, se trabaja, pero no se rinde la paz mental por adelantado.
Y si el lunes insiste en ponerse dramático, tú le respondes con una frase que lo descoloca: “tranquilo, campeón, que te he visto venir desde el viernes”. No arregla la semana, pero te devuelve el mando, que ya es bastante.
A veces basta una canción así para recordar que el lunes existe… pero no manda tanto como cree.
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Personalmente hago pocas distinciones de los días de la semana por su colocacion en el calendario. Estar jubilada puede ser un motivo. Abrazos
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