Confidencias que no se publican
Después de tantos años escribiendo, sigo sorprendiéndome de hasta dónde pueden llegar unas palabras.
A veces uno escribe pensando que lanza palabras al aire… y resulta que caen en el corazón de alguien.
Desde hace un tiempo empiezo a recibir, cada vez con más frecuencia, mensajes privados de personas que me hablan del blog. Algunos comentan un post concreto, otros agradecen una frase, una imagen, una intuición compartida. Pero hay un tipo de mensaje que siempre me deja en silencio: los de quienes, casi sin darse cuenta, acaban abriéndose y contando cosas muy personales, muy íntimas. Historias que no se publican, heridas que no se exhiben, dolores que no suelen tener escaparate. Y en la mayoría aparece el mismo fondo: el sufrimiento en el alma.
No son mensajes fáciles de leer. Tampoco fáciles de responder. Porque quien escribe no busca literatura ni frases bonitas; busca alivio, comprensión, a veces simplemente ser escuchado. Y ahí aparece una sensación que me acompaña desde hace tiempo: la impotencia. No soy experto en casi nada de lo que me cuentan. No tengo soluciones técnicas, ni respuestas mágicas, ni fórmulas que arreglen vidas rotas.
Por eso insisto siempre en que acudan a personas especializadas. En determinados dolores no basta la buena intención ni la escucha bienintencionada de alguien como yo. Hay situaciones que necesitan profesionales preparados, gente con formación, experiencia y herramientas reales para acompañar procesos complejos. No hacerlo sería irresponsable.
Y cuando el sufrimiento toca lo más hondo, cuando no es solo emocional sino que se instala en lo más interior, uno aprende que no todo se resuelve con respuestas ni con consejos. A veces lo más necesario es un acompañamiento respetuoso, alguien que sepa escuchar sin invadir, que no tenga prisa por cerrar heridas ni por dar soluciones. En mi caso, algunas de esas experiencias han tenido también un componente espiritual, pero lo importante no era el enfoque, sino no atravesar lo que dolía completamente solo.
Aun así, confieso que hay mensajes que se me quedan dentro. Que me acompañan más de lo que quisiera. Que me recuerdan, una vez más, lo poco que sabemos del dolor ajeno… y lo mucho que pesa cuando alguien te lo confía. Y a menudo, al leer lo que leo, descubro que mis sufrimientos son de poca monta. No porque no duelan, sino porque al asomarte al dolor del otro todo se recoloca.
A estas alturas de mi vida ya no me escandaliza casi nada. Tampoco me afectan las cosas de la misma manera que antes. Algunas de las vivencias que me comparten también las he vivido yo, de una forma u otra. Y, sin embargo, qué distintas se ven cuando las sufre otro. Hay un respeto nuevo que nace ahí, una conciencia más honda del peso real del dolor ajeno, y de lo poco que sirve compararlo.
Hace unos meses escribí sobre por qué escribía. Decía entonces que las palabras sinceras siempre encuentran su lugar. Escribir me ordena, me serena, me ayuda a entenderme. Pero en aquel texto no destaqué una faceta que hoy veo con más claridad: la de escuchar. Porque este espacio, sin buscarlo, se ha convertido también en un pequeño lugar de desahogo para otros, un sitio donde algunos se atreven a decir lo que no dicen en voz alta.
Y todo esto no hace más que confirmarme una cosa: todos sufrimos. Todos. Sin excepción. Y los dolores más desgarradores no suelen ser los que se ven, sino los que se alojan en el alma. Esos que no sangran por fuera, pero desgastan por dentro. Los que no siempre encuentran palabras, pero se notan en la forma de vivir, de relacionarse, de mirar el mundo.
No es casualidad que en la plegaria de la Salve recemos aquello de “en este valle de lágrimas”. No como una frase antigua o exagerada, sino como una descripción sorprendentemente actual. Vivimos en un mundo donde se sonríe mucho por fuera y se sufre mucho por dentro. Donde el ruido tapa el dolor, pero no lo cura. Donde muchos caminan acompañados… y, sin embargo, se sienten profundamente solos.
Quizá por eso alguien escribe. Quizá por eso alguien lee. Quizá por eso alguien se atreve a contar lo que le pasa a un desconocido que escribe un blog, porque a veces es más fácil abrir el alma donde no hay juicio, ni prisas, ni expectativas.
Yo seguiré escribiendo sin saber muy bien hasta dónde llegan las palabras. Seguiré escuchando hasta donde pueda, aun sabiendo que no siempre sabré responder. Y seguiré insistiendo con respeto y responsabilidad en que nadie cargue solo con lo que le supera.
Porque si algo me han enseñado quienes me escriben, es que en este valle de lágrimas nadie debería caminar completamente solo.
Una canción para quedarse un momento más en silencio, cuando las palabras ya han hecho su camino.
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