Cuando la Navidad se queda sin su protagonista
Faltan tres días para Navidad y llego con esa sensación rara: el alma en modo “batería baja”, pero al mismo tiempo con una chispa que solo aparece en estas fechas. Y descubro que no hace falta estar pletórico para vivir la Navidad; hace falta estar disponible. No perfecto: disponible.
La Navidad no empieza con un villancico ni con una luz encendida, sino con algo que te sorprende desde dentro: una llamada inesperada, un perdón que no veías venir, un recuerdo que vuelve para ablandarte por dentro. Ese “clic” pequeño que te dice: ya está aquí, aunque aún no lo hayas envuelto en papel bonito.
Quizá la Navidad consista menos en acumular momentos extraordinarios y más en abrir un hueco para que entre la Luz… aunque sea a media potencia, aunque tu vida tenga cajas sin recoger y asuntos sin cerrar. La Navidad viene igual, incluso cuando tú no estás a la altura de ella.
Y quizá ese cansancio que llevamos dentro también tiene que ver con el mundo que estamos construyendo. Vivimos corriendo, como si alguien nos persiguiera. Las notificaciones, las prisas, las expectativas ajenas… Es una sociedad que desaprendió el silencio, que teme a la pausa, que disfraza soledades con pantallas. Una sociedad que confunde estar conectados con estar acompañados. Montamos decoraciones perfectas, pero emocionalmente vamos llenos de grietas. Y no pasa nada por admitirlo.
Porque celebramos Navidad, sí, pero a veces parece que nos hemos olvidado del por qué y, sobre todo, del Quién.
En este siglo XXI tan luminoso por fuera y tan frágil por dentro, hemos logrado la extraña hazaña de intentar vivir la Navidad sin su protagonista. Lo hemos movido al fondo del decorado, como quien deja un objeto valioso en una estantería y luego ya ni lo mira. Y lo curioso es que Él no se queja, no viene con pancartas ni discursos: se asoma donde puede, en un gesto, en una reconciliación, en una llamada que desarma.
Tenemos la Navidad más “bonita” de la historia (al menos en fotos), y sin embargo, muchos llegan a estas fechas sintiendo que falta algo esencial. Quizá porque la Navidad nunca fue cuestión de brillo, sino de presencia. Y esa presencia, aunque la sociedad la aparte, sigue entrando por rendijas humildes.
Y esa presencia tiene Nombre y tiene rostro: es ese Niño que nace sin hacer ruido, sin imponerse, sin exigir focos. Un Niño que no viene a decorar la Navidad, sino a sostenerla. A recordarnos que, incluso en un mundo acelerado y lleno de máscaras, sigue habiendo un lugar donde la ternura no pasa de moda. Y basta un instante para que ese Niño vuelva a recolocarlo todo.
Aquí va mi felicitación navideña para todos vosotros.
Que esta Navidad te encuentre donde estés, sin máscaras ni exigencias. Que ese Niño tan sencillo, tan silencioso, tan esencial, te regale un instante de verdad, de calma y de luz. Y que, aunque el mundo siga con prisa, tú puedas descubrir que Él sigue naciendo… también en tu hueco más frágil.
Comentarios
Publicar un comentario
✨ Este espacio está abierto a tu opinión, reflexión o incluso a ese desacuerdo que quieras compartir, siempre con respeto, sentido común y, si se puede, con un toque de buen humor 😉. Aquí no se trata de imponer razones, sino de abrir preguntas, favorecer encuentros y, con suerte, provocar alguna sonrisa compartida. La crítica es bienvenida cuando viene acompañada de cortesía, porque un comentario puede ser también reflejo de lo mejor que llevamos dentro. Gracias por estar aquí y enriquecer este lugar con tu voz.