Este año el Adviento ha llegado tarde. Las calles llevan semanas vestidas de fiesta, los escaparates parecen competiciones de brillo y los villancicos suenan como si el Niño hubiese pedido nacer por “envío urgente”. Cada año ocurre antes, como si quisiéramos ganarle tiempo a la felicidad a base de luces y rebajas.
Y mientras tanto, este tiempo discreto —que enseña a esperar— se ha quedado otra vez haciendo cola detrás del consumismo. Parece que celebramos la llegada de Alguien a quien aún no hemos tenido tiempo de esperar. Ni un respiro le damos.
La Navidad llega y la espera hace cola
El calendario civil se ha impuesto al del alma. Ya no contamos semanas para encender velas, sino para recoger pedidos. Y lo más curioso es que muchos no creyentes celebran algo cuyo motivo ya ni recuerdan. Para ellos es un paréntesis amable; para nosotros, una invitación a preguntarnos si realmente estamos esperando… o solo intentando que el árbol quede “más Pinterest que nunca”.
A veces pienso que hemos confundido preparar la Navidad con preparar el escenario. Montamos luces, colgamos adornos, buscamos la música perfecta… pero ¿y el corazón? Cuidamos con precisión quirúrgica cada detalle exterior y luego dejamos el alma “para mañana”. Por eso este tiempo previo es tan necesario: recuerda que lo importante no es lo que pongo en la casa, sino lo que dejo entrar en la vida. Dios no necesita un salón perfecto; necesita un hueco.
Calendarios que cuentan compras, no promesas
Cada año aparecen nuevos “calendarios de Adviento”: perfumes, maquillaje, cervezas artesanas, bombones gourmet y hasta calcetines —que es ya la cima del romanticismo prenavideño. Lo que empezó siendo una preparación sencilla se ha convertido en un escaparate más. Cada ventanita ya no abre una promesa, sino una promoción. A este paso, al Niño Jesús habrá que ponerle un patrocinador oficial.
Lo curioso es que este calendario ya no marca el paso del alma, sino el del deseo. Una cuenta atrás hacia el consumo, no hacia el Misterio.
El gran marginado del año litúrgico
Empiezo por mí mismo: esta preparación interior suele ser la gran olvidada. Llega sin ruido y se pierde entre compras, cenas y listas infinitas con título “cosas que voy a hacer y luego no hago”. Pero es justo lo que necesitamos: aprender a parar, a mirar, a preparar el corazón sin espectáculo. No es adelantar la Navidad; es darle espacio.
Vivimos acostumbrados a la inmediatez, pero hay cosas que no se descargan: se maduran. Este camino interior no se improvisa; se vive despacio, como quien sabe que lo mejor no llega por mensajería, sino cuando toca.
En el fondo, lo que más nos cuesta es detenernos. No porque no sepamos, sino porque detenerse obliga a mirarse por dentro… y eso a veces impresiona más que un examen médico. El silencio revela lo que el ruido tapa: heridas, deseos, preguntas aplazadas. Pero también muestra algo más bonito: que Dios sigue esperando incluso cuando nosotros no. Y esa fidelidad silenciosa ya es un regalo.
Siempre he pensado que cada vela de la corona tiene algo que decir: la primera despierta, la segunda limpia, la tercera sonríe, y la cuarta simplemente espera. En su silencio cabe todo el misterio. No hace ruido, pero ilumina.
Enseña a confiar sin garantías, como una semilla bajo tierra: invisible pero viva. Lo que parece quietud es promesa en marcha. Esperar con sentido: gestos que hacen sitio.
Todos tenemos un tiempo de espera personal: una noticia esperada, una reconciliación, una herida que duele, un regreso que anhelamos. Vivimos así casi siempre, aunque no queramos admitirlo. La cuestión no es si esperamos, sino cómo lo hacemos.
Cuando esperas con ansiedad, el tiempo pesa como un lunes. Cuando esperas con confianza, el tiempo se convierte en espacio, y ese espacio puede llenarse de gestos pequeños: perdonar, agradecer, compartir, escuchar. Reducir lo innecesario para que entre lo importante. Si la casa está llena de trastos, no hay hueco ni para un abrazo.
Este tiempo previo es pequeño y silencioso, pero cambia la mirada. Enseña a ver señales de lo eterno en lo cotidiano. Y entonces incluso las luces de la ciudad —esas que al principio parecían puro ruido visual— empiezan a acompañar, no a distraer.
Quizá por eso, más que un periodo litúrgico, este camino es una escuela del alma: un lugar donde uno reaprende a respirar hondo, a ordenar lo que pesa y a recuperar lo esencial sin prisas ni ruidos. Nada espectacular, nada de “transformación radical en 7 días”. Solo la invitación a dejarte tocar por una luz que no deslumbra, pero calienta. Y a veces basta un minuto de silencio para recordar que la esperanza estaba ahí, bostezando a tu lado.
La alegría verdadera nace de dentro: es la certeza de que algo bueno se acerca, aunque aún no haya llegado. Por eso, aunque el Adviento llegue tarde, nunca llega mal. Siempre recuerda lo esencial: la vida no se conquista corriendo, sino esperando con esperanza.
Así que antes de dejarte arrastrar por la prisa navideña, detente. Mira esa primera vela. No corras. Quizá descubras que lo que esperas no está tan lejos, y que todavía hay tiempo para vivir el Adviento que parecía llegar tarde.
Desde la primera vez que lo escuché, este himno me cautivó. Siempre me emociona. Es de esos cantos que te invitan a cerrar los ojos y dejarte llevar, como si cada nota abriera una rendija de luz en mitad del silencio.
El texto procede del profeta Isaías (Is 45,8):
Rorate caeli desuper et nubes pluant justum; aperiatur terra, et germinet Salvatorem.
(Destilen los cielos el rocío desde lo alto, y las nubes hagan llover al Justo; ábrase la tierra, y brote el Salvador.)
Durante siglos, la Iglesia ha usado este canto en las misas de Adviento, especialmente en las “Misas Rorate”, celebradas al amanecer y solo con luz de velas. Es un himno de súplica: el pueblo clama a Dios pidiendo que envíe al Salvador, como la lluvia que fecunda la tierra. Su tono es dulce, penitencial y esperanzado: un diálogo entre el cielo que promete y la tierra que espera.
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