Han vuelto a poner varios carteles en mi lugar de trabajo, donde puede leerse: “Desterremos la violencia y la mala educación”. Ya dije en una ocasión, que la primera vez que me topé con él, llamó enormemente mi atención.
¿Hemos llegado al extremo de tener que poner avisos, para no olvidar, que tenemos que ser educados?¿Nuestros impulsos violentos, tienen que ser controlados a través de mensajes externos y no por la razón?
Los acontecimientos me demuestran, que la ficción de las películas, ha dejado de serlo. Ciertamente la realidad supera ya, en demasiadas ocasiones, a lo que imaginábamos como imposible. Me cuesta creerlo, pero mi angustia crece, cuando contemplo escenarios que no me gustan. ¿De verdad estamos pisándonos unos a otros tan brutalmente y nadie pone remedio a ello?¿Será que nos hemos puesto una venda en los ojos, para no ver?... Pienso en la rutina diaria y percibo que la falta de modales, respeto y tolerancia están instalados desde hace tiempo entre nosotros.
Los asientos en los transportes no son cedidos a los que lo necesitan;la mayoría de veces ocupados por adolescentes, que ni se les pasa por la mente que otros precisan de ellos. Oigo tutear a personas ancianas, como si fueran los colegas del barrio, hablándoles sin respeto. Compruebo, como ante cualquier maniobra mal hecha con el auto, se le responde con un enorme pitido, acompañado de un acalorado insulto. Veo a chicas, soltando tacos propios de arrabales prohibidos. Conozco la actitud agresiva de padres que ante cualquier corrección a su hijo, por parte del profesor, lo toman como una embestida digna de denuncia. Veo a personas enfadadísimas, cuando se les amonesta por no llevar a su mascota atada para no asustar a los pequeños y te responden:” pues no saque a los niños”. Experimento, la impaciencia que nos come, cuando estamos en una cola y ésta no avanza, tachando de incompetente a la persona que nos atiende. Tenemos los gritos e insultos preparados, deseando ser disparados si opinamos diferente.
Contemplo atónito a varios “indignados” que un día, deciden saltarse las normas, erigiéndose en portadores de la verdad, reclamando respeto, tolerancia, y cambios, pero no dudan en implantar sus ideas y forma de vida, con una buena dosis de gritos e insultos, dirigidos a los que no comulgan con su forma de actuar.
Gritos, chillidos, alaridos. Qué feas palabras. ¿Quién quiere ceder? ¿Quién es capaz de serenarse? Aceptar la humillación es impensable .Bajarse del burro hoy, es agotador, así que permanecemos tozudamente sentados en él, con las vendas en los ojos para no ver.
¿Y los buenos modales donde se han escondido? Al pasar por uno de los peajes de las autopistas catalanas, y depositar el importe en las manos del empleado, éste, no dijo ni mú , ni muá. No escuchamos un:”buenos días”, ni “buen viaje”, ni “gracias”, ni nada de nada. A la vuelta se repitió la misma escena con diferente operario. ¡Oh, qué horror, ya ha llegado…!Las personas se han sustituido por robots y yo no me he enterado.
Y en los colegios. ¿A qué nivel hemos llegado? Si Aristóteles, Séneca, Quintiliano, Cicerón, “levantaran la cabeza” como se suele decir, estarían hoy encarcelados por exigir a sus discípulos, modales y principios. El deporte, símbolo de unión entre los pueblos y modelo de vida sana. ¡Cuántos espectáculos bochornosos nos presentan a menudo!
Estamos en el siglo del autoritarismo, de la prepotencia y de una gran chulería, encabezada por la clase política, en sus lamentables sesiones parlamentarias. ¿Tendremos que imitar a los gorilas, a ver quien grita más y da los golpes más fuertes?¿Exagero? Creo me quedo muy corto.
Sin educación no hay moral, y sin ella, el respeto se pierde, el caos se instala y los instintos animales predominan sobre los racionales.
¿Hasta cuándo lo soportaremos?...
¡Alabado sea Jesucristo!



































