Quedó grabada para siempre, la imagen de mi madre, llamándome para ayudarle a doblar las sábanas que recogía del tendedero. Tanto es así, que la escena sigue con mis hijos. Siempre repetía las mismas palabras, cuando yo refunfuñaba: “Hazlo bien, para que cuando te cases, ayudes a tu mujer”. Pero no se conformó con enseñarme a doblar sábanas, sino que me ejercitó en las demás tareas del hogar. No sé si por ser el primogénito, porque me gustaba ser ordenado, o porque mi hermano lograba escabullirse mejor que yo. Pero lo consiguió; alcanzó su propósito; llegó a gustarme colaborar en el hogar. ¡Qué bien me ha venido, en las ocasiones que me he tenido que espabilar solo!
Recuerdo la sorpresa que me produjo, la primera vez que leí , que eran pocos los hombres que ayudaban en las tareas de casa (hablo de unos cuantos años atrás), estaba convencido de que la gran mayoría, era consciente de esa obligación, que todos los miembros de un hogar deben adquirir. Pero no, aún sigo viendo a muchos que escurren el bulto.
Desde el día que le dije
sí a mi esposa, tuve claro, que la nueva familia que empezaba, era cosa de dos; ¡y lo era en todo! Los quehaceres cotidianos, ni siquiera estaban planificados. Nunca se me pasó por la mente, que cuando mi esposa terminara su trabajo fuera de casa, le tocara a ella sola, seguir con el del hogar, y ser yo el gran beneficiado de una vida de servicio. Este es otro de los compromisos donde el dar y el recibir debe ser recíproco.
Reconozco que los hombres somos más torpes, y que ellas nos dan mil vueltas en eso de llevar una casa, en mi caso siempre se me escapa algo que ella debe repasar , ¡y mira que me enseñó bien mi madre! Pero el toque femenino es el toque femenino…
Al escribir estas líneas, me viene al pensamiento, las muchas mujeres, esposas, madres, que trabajando fuera, han adquirido también la responsabilidad, de cargar ellas solas, con las tareas del hogar, con el convencimiento de que es “su obligación”.
¿Por qué vamos a asignarles a ellas todo el trabajo, cuando vuelvan a casa tras su agotadora jornada laboral? Acaso, ¿no están igual de cansadas que nosotros, hijos, esposos, y padres? O es que ¿no tienen el mismo derecho al relax que tanto anhelamos nosotros? Acaso ¿no les gusta a ellas, comer tranquilas, sin tener que levantarse continuamente de la mesa, atendiendo a nuestras peticiones? ¿O no desean levantarse por la mañana, y encontrar el desayuno preparado? ¿solo ellas tienen que ser expertas en el funcionamiento de lavadoras, secadoras, hornos, lavavajillas y demás electrodomésticos?
¿Que no es nuestra obligación?... ¿Es un derecho, levantarnos por la mañana y tenerlo todo preparado? ¿Por qué ellas, tienen que ponerse el despertador antes que nosotros? La experiencia de estos años, me ha enseñado algo grande: ¡la gran mayoría de mujeres, nos ganan en amor! Son sacrificadas. ¡Cuántas y cuantas veces nos lo demuestran! Su fortaleza física y moral la ejercen en el silencio.
“Si ponemos amor encontraremos amor”, decía San Juan de la Cruz. ¡Ellas lo ponen todo! ¿Lo encuentran por nuestra parte?
Sería una lástima, desperdiciar la ocasión ,que la Cuaresma nos brinda , para hacer un examen de conciencia ; a lo mejor toca cambiar el “chip” machista que aún impera en algunos hogares. Es muy fácil, solo hay que ponerse en su lugar. No hay que pensar solo, en actuaciones altruistas y solidarias de este mundo que muchas veces nos pilla muy lejos, tenemos muy cerquita, donde ejercer a diario, ese deseo de ayudar al prójimo.
El post, me da la oportunidad de dar las gracias a mi esposa, solidarizarme con todas las mujeres que cargan sobre sus espaldas, el peso de la familia. Manifiesto mi admiración, por las que agotadas y las que lloran cada día, sintiendo una terrible soledad, no tiran la toalla, resistiendo de forma loable en la dura batalla que le has tocado librar.
Hace unos cuantos años que ya nos hicieron una demostración gratuita, de lo que significa no huir ante las dificultades y la oscuridad; de lo que equivale permanecer fiel al
sí dado al amor. María, Marta, la Magdalena y otras, fueron las que se quedaron al pie de la cruz, cuando, casi la totalidad de los hombres ,que dijeron amar a Jesús, huyeron. ¡Mujeres! ¡Qué grandes ellas!
¡Alabado sea Jesucristo!