“Señor, Tú lo sabes todo tú sabes que te amo”( Jn21,15-19). Estas palabras de San Pedro ,surgen de mi corazón y de mi boca, en muchas ocasiones a lo largo de mis jornadas; experimentando en ellas un gran consuelo y aliento.
Han sido más de uno, los blogeros que me han manifestado un temor, que a menudo se transforma en escrúpulo, acabando en algunos casos, en una capitulación, que cede a la tentación de acabar con su bitácora. ¿Cuál es el temor y la tentación? Creer que se está cayendo en la vanidad. Que el fin último que nos mueve, no es el amor de Dios, sino un lucimiento personal. A estas alturas me atrevo a decir: "¡Cómo nos engaña el diablo!"
La incomodidad, el sentimiento de hipocresía, de fraude, y de miseria, se apropian de forma inmisericorde del autor de la bitácora, creando en él una turbación, que le impide discernir si ello forma parte de la voluntad de Dios.
Confieso, que en los inicios de mi blog, también sufrí esas sacudidas interiores que los elogios pueden ocasionar al alma . Somos humanos, marcados por el pecado y por lo tanto inclinados a todas las pasiones y encantos que el mundo puede ofrecernos. ¿Hay vida espiritual, sin batallas? …
Vuestra caridad y generosidad de alma, han hecho que últimamente, no ceséis de prodigarme palabras llenas de cariño,en los comentarios que realizáis a mis entradas. No puedo refutar,que hacen que me sienta querido por la gran mayoría de vosotros; mentiría si negase, que me gusta esa sensación, pero una cosa es que me guste, y otra que lo busque y me deleite en ello.
Cuando yo reconozco y ofrezco mi encomio a otros, lo hago con el corazón; apreciando, valorando y agradeciendo lo bueno que el otro me ofrece. ¿Callaré para que no caiga en la vanidad? ¿No sabré reconocerle sus esfuerzos, trabajos, sacrificios, renuncias y entregas? Creo firmemente que hay que hacerlo, que la caridad cristiana obliga a ello. Estoy convencido que nuestros primeros hermanos en la fe, luchaban por tener ese trato unos con otros. Los escritos de historiadores muchas veces no cristianos, alabando el amor entre ellos , no surgen de un atributo poético, sino de un testimonio que era patente, y que llamaba la atención.
He leído en algún que otro foro de los que se denominan ateos , la mofa que hacen de nuestra forma de hablarnos, criticando nuestros comentarios como una retahíla de alabanzas, de unos con otros, como si viviéramos en un continuo “Flower power “cargado de hipocresía. Claro está, que observando la zafiedad de su vocabulario, los insultos y el modo de tratarse, puede entenderse que nos vean como unos cursilones. Pero ay, amigos míos…" ¡El Amor hace nuevas todas las cosas!" (Ap.21,5) Estoy convencido de ello.
Me gustó una anécdota que la semana pasada leí en el blog Abrazados a la Verdad,(enlace) donde un sacerdote, ante la adulación de una feligresa sobre su predicación, le expresó: “es usted la segunda que me lo ha dicho; el primero ha sido el demonio”.
Todo viene de Dios, cualquier pensamiento que se transforma en una obra buena, ha sido inspirado por El Espíritu Santo, el bien sólo procede de Dios y El solo es su autor. Nosotros, de forma libre y voluntaria, dejamos que ese bien, entre y crezca en nuestra alma.
Empezaba esta entrada con la frase de San Pedro, que sale de sus labios, de forma casi desgarradora, al creer que Jesús estaba dudando de su amor. No tenía más argumento, reconoce su debilidad y en ella es capaz de decir “Tú lo sabes todo, Tú sabes que te amo” . Ese “Tú lo sabes todo”, es la palabra que me consuela; importantísima para mí. Ponerme ante el Señor y reconocer, que haga lo que haga, no dejaré de caminar, buscándole, siguiéndole y amándole, aunque en ese camino, las fuerzas me fallen, las caídas se produzcan y los desalientos se apoderen de mí.
Por mucho que puedan alabarme los demás, es el Señor quien de verdad, sabe todo de mí, “Tú me sondeas y me conoces”, dice el salmo 138. Me engañaría e impediría, que mi alma creciera, si me atribuyera algo que no me pertenece.
Sí, es verdad, hablo de Dios. Mi vida, como dije días atrás,no tiene sentido sin Él, no puedo callarlo; pero la batalla no es fácil. Hay muchas que las pierdo. Uno de vosotros, me escribió: “Tu vida es amor de Dios, así de simple” y es verdad, no puede estar mejor resumido, aunque no siempre sepa corresponderle. El deseo de desearle que escribía en un post anterior, es una necesidad, ¿sabéis porqué?
Porque me cuesta horrores hacer oración, aunque la deseo ardientemente, porque no logro rezar el Rosario cada día, aunque no ceso de decirle a María que la quiero ,cada vez que en mi casa me encuentro con una imagen suya; porque no todos los días asisto a Misa, dejándome vencer por la pereza y las excusas. Porque a menudo falto a la caridad entre los más cercanos, desde mi familia, hasta los que se relacionan conmigo; no siempre me alegro del gozo de los demás; no siempre sé sacrificarme por el prójimo, y tengo que hacerme violencia para intentar ver a Jesús en todos. Con eso y otras cosas más de las que no me orgullezco, soy capaz de decirle con total confianza al Señor: “Tú lo sabes todo, tu sabes que te amo” una y otra vez, … una y otra vez.
No puedo sentirme alejado del Señor, imposible. ¡Me siento hijo! Y acudo a su perdón, a sus brazos para ser estrechado .Es tan grande lo que experimento que no me quedo en mis miserias, sino en su amor.
No tengo miedo a los elogios, aunque me hacen estar en alerta continua, para que siempre sean reconducidos a Quien se los merece. Me toca orientar el espejo hacia arriba, para que los rayos de la adulación, se dirijan al Autor de todo bien.
No busquemos la alabanza, ¡no nos pertenece!No nos turbemos ante ella, podemos utilizarla , como una aliada que logra interpelar a otros, sobre el origen del bien realizado. Y en ella, podemos glorificar al Señor, como María lo hizo en el Magnificat. Sólo somos, frágiles portadores de la Luz.
¡Alabado sea siempre Jesucristo!









































