Este año, una pregunta me asalta:” ¿realmente este verano será el de la austeridad en nuestro ocio veraniego?”. “¿Podrá verificarse que realmente los españoles atravesamos, una gran crisis económica y vivimos situaciones dramáticas?” Seguramente que sí, pero no creo que sea la visión que quiera mostrarnos el
marketing publicitario ,que las empresas han contratado, para gozar de unas merecidas vacaciones, gastando lo que podamos y más.
Gracias a Dios , somos unos de los afortunados, que podremos disfrutar ,de unos días de asueto, que nos harán recobrar las fuerzas gastadas durante el año. Pero poco variarán de las que yo gozaba en décadas anteriores. Seremos de aquellos que ,mientras valoren el regalo de tener padres y abuelos en vida, irán a visitarlos y gozar mutuamente de compañía, en los pocos días que se disponen anualmente para este encuentro, ayudándoles a renovar ilusión , alegría y cariño.
Cuando dos personas deciden formar una familia, deben empezar a poner buenos cimientos en la misma, y para ello se necesitan óptimos materiales. Dedicación, interés, formación, renuncias, prioridades, valores, sacrificios, etc. Estos son de máxima calidad y con ellos, por dura y costosa que sea elevarla , se logrará siempre que resista cualquier envite que pudiera tumbarla.
He debatido a veces con compañeros, sobre una afirmación ,que la mayoría de esta sociedad se apropió hace mucho tiempo.
”No tenemos más hijos porque no se puede” y
probablemente así sea en algunos casos, pero la experiencia de lo que he visto (y por la mía propia), desde que soy padre, es que muchos de los que
económicamente no andan precisamente holgados, son los que sí deciden tener hijos. Y siempre termino argumentando, que lo que realmente impide que se tengan más hijos, es el miedo a perder lo que se tiene. ¿Y que se tiene?...
Hablemos de las salidas semanales obligadas, a comer o cenar fuera, de la compra de un capricho costoso, de las vacaciones en lugares remotos para no estar pendiente da nada ni de nadie, de contratar canguros porque hay que realizarse laboralmente, de las fiestas que no hay que perderse,
uyyy..., la lista cada vez se hace más larga.
La semana pasada hablaba con mi cuarta hija, que tiene 14 años, del tema que expongo en el post ,y en un momento le dije :
“¿Sabes cuánto hace que mamá y yo no salimos solos a comer, cenar, o siquiera a pasear?, pues exactamente desde que naciste”. Y sentí que no me pesaba nada, que el tiempo había pasado muy rápido y que no echaba en falta lo que pudiera parecer una renuncia o sacrificio.Que quedaban aún muchas cosas por hacer con ellos.
Conozco unos conocidos, que un año se plantearon irse de vacaciones a un lugar exótico en un crucero de lujo, comprar un coche y como tercera opción tener un hijo. Me pareció triste. Me puse a pensar en cómo puede sentirse alguien , si un día descubre , que ha sido una elección entre opciones materiales.
Pues todo esto, me lleva a cavilar en estas vacaciones. ¡Como han cambiado las cosas! Ahora hay que irse mientras más lejos y caro mejor, a la vuelta se iniciará en nuestros ambientes una rivalidad de quien ha sido más singular ,
extravagante y sibarita en su elección estival.Si podemos, sin cargas de nadie. Es lo primero que se anota, en la lista de previsiones para las vacaciones. ¿A quién dejamos los abuelos?¿ En un hospital con cualquier achaque?(cada verano puedo verificar este intento) ¿Los niños? Los enviamos a todos los cursos y colonias que podamos
Ahhh, pero el perro (o los perros), este sí que es un gran problema. Hay que buscarle una buena guardería que tenga de todo, porque si no, nos echará de menos y puede
traumatizarse. No importa lo que cueste.
Recuerdo cuando año tras año iba con mis padres y hermanos a ver a mis abuelos a 1000 km de distancia. Primero en tren, porque no teníamos coche. Un tren que tardaba 24 horas en llegar ,y donde no siempre se iba sentado. Luego en un viejo
Renault 8, sin aire acondicionado y que nos dejó tirados después de
Despeñaperros en más de una ocasión, convirtiendo el viaje en todo, menos en divertido. Pero llegábamos con la ilusión de abrazar a los abuelos. De ver sus lágrimas en sus ojos al vernos y sentir que se daban un baño de salud.
No nos esperaba un chalet, sino una casa con un patio cubierto por parras ,que hacían de toldo y donde aprovechábamos para comer las uvas que veíamos madurar. Colchones de lana, que nos invitaban a saltar sobre ellos. Sábanas con olor a jabón.No había piscina, sino dos lebrillos enormes, donde debíamos guardar las horas de prescripción tras la comida ,para lanzarnos a ellos con ansias de mojarnos. Me gustaba oír el gallo cantar por las mañanas, el olor del campo, las casas
recién pintadas con cal,el ritual que mi abuela hacía, para recoger su larga melena rubia en un perfecto moño. Su mecedora que sacaba por la tarde a la puerta de la casa para tomar el fresco y gozar de grandes tertulias ,y los dulces caseros que comíamos. Los diversos toques de campana, que avisaban de cuanto faltaba para que la Misa empezara.¡Los paseos nocturnos, en horas de la madrugada, inimaginables para nosotros.Tantos y tantos recuerdos, grabados para siempre en mi interior. ¡Todo nos hacía sentirnos felices en esos días!
¿Acaso no eran austeras esas vacaciones?, ¡ya lo creo que sí! Pero yo, no echaba nada en falta.¡Qué bien volvíamos!y ¡Cuanto deseábamos repetir!.