
A veces me pregunto: "¿pero por qué lo hago todo tan complicado? "Basta poner en práctica lo que Jesús nos dice. Y nada, erre que erre, con saltarme los consejos,… así me va muchas veces. Solo encuentro explicación a tan gran tozudez, lo que la iglesia nos enseña: la huella del pecado ha dejado a nuestra alma debilitada. El poder del mal, se empeña en arrebatárnosla, no para nuestra perdición, sino para destruir la obra de Dios; porque a veces, hasta nos creemos que el diablo está interesado en nosotros, que le encantamos vaya. ¡ No le importamos nada como personas! si no el uso que de nosotros puede hacer. A él no le interesa nadie, es el odio personificado, y por eso solo tiene un fin , la destrucción de lo más grande que Dios ha creado. Su obra maestra: ¡Cada uno de nosotros!
Hoy me vine en ganas reflexionar, sobre un compañero que el maligno nos brinda casi como un acto de caridad y justificación. Y nos lo presenta, cuando comprueba que iniciamos el camino del perdón, . Un falso amigo ,que nos coge con su mano abrasadora y nos quema de verdad, muchas veces sin que nos demos cuenta. Su nombre: Rencor.
Es frecuente oír en los tiempos presentes, lo de: “perdono pero no olvido”; pues lo siento mucho, yo no entiendo el perdón de esa forma, ni creo que Jesús en el momento de su crucifixión, perdonando a los que le mataban, pensara ni por asomo, en un acto de resentimiento. Todo lo contrario, nos mostraba el perdón verdadero. El otorgado en el culmen del dolor.

Pero a veces podemos caer en el error, de pensar que esa aversión que se queda estancada en el alma, se produce ante agravios profundos. No, no, queridos amigos, seamos sinceros, ¿quién no memoriza esa palabra dicha que tanto nos ha dolido? ¿Quién no guarda en su archivo personal, esa acción que el otro ha realizado tal vez sin intención de dañar?... “Es que lo que me has dicho"… "es que lo que piensas de mi"… "es que ¿cómo te atreves a juzgarme así?"...
Demasiados planteamientos ante la ofensa recibida. Perdonar es un acto heroico, es devolver amor, ante la punzada que nos asestan. Soy de los que creen, que es mucho más difícil perdonar que pedir perdón.
En el momento de la historia en que nos toca vivir, donde el hombre vive alejado de Dios, la palabra perdón, adquiere una connotación de debilidad, y por eso es tan poco usada, para pedirlo y para otorgarlo. No dudemos de que el perdón es uno de los actos de amor ,que más almas han llevado hacia Dios. Muchas personas han cambiado radicalmente, ante la generosidad y heroicidad magnánima de perdonar.
Pero el perdón debe ser total, sin ningún resquicio de rencor, sin analizar las circunstancias, de la pesadumbre en que puedan habernos sumergido."Alto, alto... ¡que fácil lo ves tú! "podrá reprocharme alguno. Pues no, ¡a veces, resulta muy muy difícil, pero no imposible! Y creámonos de verdad, que Dios no pide nada superior a nuestras fuerzas. La cruz no gusta a nadie, (ni a Jesús), pero allí nació el poder de perdonar. Desde el crucificado , se puede hablar de perdón. Nos enseñó cómo hacerlo: con los brazos extendidos, las manos y pies clavados a un madero y un corazón amoroso traspasado por una lanza.

Después de María, (que seguro perdonó en cuanto escuchó las palabras de su Hijo) San Esteban fue el primero, en ponerlo en práctica. Ante su lapidación: “Señor, perdónales, porque no saben lo que hacen”. Pensemos también nosotros, que muchas veces quien nos ofende, no sabe lo que hace o lo que dice, y que cada día nos dirigimos al Padre con la misma súplica. "Perdónanos como nosotros perdonamos". Que esas palabras siempre sean elevadas a Dios con el corazón.¡ Vacíos de rencor!







































