
Creo que en la medida de lo posible no hay que dejar que Haití desaparezca de los medios de comunicación, y como las imágenes de tan horrible desgracia están todavía destellando en nuestra memoria, es casi una obligación para el ser humano sensible ante la desgracia ajena, continuar evocando su dolor. Quizás dentro de poco tiempo desaparecerá Haití de los medios pero seguirá existiendo el Haití enflaquecido y extenuado por la presencia del terror penetrante causado por el monstruo de la inclemencia. Un monstruo con mil caras, volvámoslo a recordar una vez más, capitaneadas por el rostro falaz del olvido que, durante siglos, ha mantenido a ese país casi en el anonimato, dado el poco interés que suscitaba para un mundo regido por el mercado. ¿Dónde estaba Dios en Haití?, decían algunos, cuando la pregunta más idónea tendría que haber sido: ¿en qué andábamos ocupados los humanos antes de que ocurriera la desgracia de Haití? ¿Es que siempre tiene que correr sangre inocente para que los seres humanos nos cuidemos unos “a” los otros y dejemos de protegernos los unos “de” los otros? A partir de ahora… ¿Será el año de gracia para los haitianos?
Hay noticias esperanzadoras de la comunidad internacional, la ONU y un informe del banco mundial, anunciando que se le perdonó la deuda externa de 1.200 millones de dólares en el 2009. Junto a esta buena noticia, (que nos recuerda “el año de gracia” que Jesús anuncia en su discurso programático de la sinagoga de Nazaret según el evangelio de San Lucas), sabemos también de la deuda todavía pendiente de 38 millones de dólares para cuya liquidación se les da a los haitianos una plazo de cinco años. Una de cal y otra de arena, diríamos algunos, pensando que se van a necesitar unos 7.800 millones de dólares para la reconstrucción de la zona afectada por el seísmo. También hay reuniones para intentar sacar al país de la miseria que los arrasa desde hace años. Ojalá se hagan realidades las buenas intenciones y los esfuerzos loables de muchas personas, que han dedicado tiempo y solidaridad en estos días, no caigan en saco roto. Se están curando muchas heridas, pero hay que evitar que la gangrena del egoísmo acabe con cualquier asomo de esperanza.
San Pablo en la segunda lectura de hoy hace un elogio al amor, un amor que como don de Dios a la humanidad se tiene que hacer concreto en el don de los unos a los otros. Este amor llega en la persona de Jesús bajo la denominación del reinado de Dios, realizando así el “año de Gracia del Señor”. Este “año de gracia” se manifiesta en la liberación de los cautivos y los oprimidos y en la recuperación de la vista de los ciegos. Queda sólo que la ceguera ante el dolor ajeno desaparezca, para producir la liberación del llanto provocado por la magnitud de tal desgracia. Para eso hay que aceptar el proyecto de Jesús, pensando que esta vez el “año de gracia del Señor” no se va a limitar a mi propia liberación o a la liberación de los míos; llámese estos a los de mi familia, a los de mi nación, a los de mi religión… También la viuda de Sarepta, como el leproso de Siria, extranjeros ambos, no formando parte de los míos, han sido agraciados por dicho favor de Dios.
El evangelio de San Lucas nos presentará a un Jesús solícito con el más débil, el pecador, el pobre, la mujer… Estos abandonados y ninguneados se representan en las figuras de la oveja perdida, en el Hijo pródigo, en el pobre Lázaro, en el apaleado y herido al borde del camino y asistido por un samaritano; en este momento Jesús invita a sus interlocutores a hacerse prójimos. Prójimo será, no el que pertenece a mi raza, religión, condición, familia o ideología, sino aquel a quien yo me acerco ofreciendo mi proximidad y apoyo. Es como decirnos: a partir de este momento, en el que se cumple la profecía de Isaías, Dios se hará presente en todas las realidades de degradación humana, en todos los hombres y mujeres que, como Jesús, portador del Espíritu, anuncian el “año de gracia del Señor” haciéndose prójimos de los demás para la liberación de los cautivos y oprimidos. A partir de este momento el rostro de Dios está al lado de los más olvidados, como lo ha estado siempre, según nos recuerdan los hechos de la viuda de Sarepta y de Naamán, el leproso Sirio. En otras palabras, Dios es de todos los seres humanos. Estas palabras escandalizaron a los que se arrogan el derecho de la exclusividad de Dios, como nos pueden escandalizar a nosotros si permanecemos indiferentes ante la horripilante desgracia de Haití.
Volvemos a preguntarnos de nuevo por la presencia de Dios en Haití, y a la luz del evangelio de hoy, no podemos dejar de responder categóricamente: Dios está presente en todas aquellas personas que desinteresadamente están curando las heridas de los cuerpos dolientes; en todas aquellas personas que están acompañando y consolando el dolor de las pérdidas, que están entregando sus bienes y su tiempo para que la desgracia del derrumbe no se incremente con la desesperación del hambre y la sed; en cada uno de nosotros que no podemos quedar en la apatía, a pesar de que no los consideremos parte de los nuestros… Haití desaparecerá seguramente de los medios de comunicación en breve tiempo, pero la conciencia de la humanidad no puede dejar a su suerte el destino de una población aplastada y afligida. Ojalá seamos librados, en “el año de gracia del Señor” de la ceguera de la indiferencia. Ojalá Haití signifique el despertar de la esperanza en la humanidad.
Dios ha estado siempre en Haití, como lo sigue estando ahora. Elevamos nuestra súplica para que el amor, del que nos habla San Pablo, se mantenga siempre vivo en nuestros corazones, y para que no seamos nosotros quien, en esta hora de desolación, desaparezcamos de Haití.
P. Nicolás Sánchez Toledano




















